TIPS culturales

Alexis Ortiz

                   LA ROSA BLANCA

 

          Alivia mucho la amargura del destierro, conseguir amigos como Lincoln Díaz-Balart. Un caballero libertario y carismático, que brilló como representante en el Congreso de los Estados Unidos, sin olvidar jamás a Cuba, su tierra familiar.

          El pasado sábado asistí con el poeta Abel Ibarra, a un acto de La Rosa Blanca, la agrupación de lucha para rescatar a Cuba del oprobio comunista, creada por Rafael Díaz-Balart, el padre de Lincoln, un diputado que en 1955, desde el Parlamento cubano, vaticinó que si Fidel Castro arribara al poder, perpetraría una dictadura larga, perversa y ruinosa.

          El acto, realizado en el marco de la conmemoración del natalicio del Apóstol independentista José Martí, se hizo para entregar el Premio Juana Gros de Olea, madre de hijos mártires del comunismo, a dos héroes de la resistencia a la tiranía castrista: Felicia Guillén Amador y Jorge Luis García Pérez “Antunez”.

          Además de Lincoln y los homenajeados, hablaron en el acto otros cubanos de gran compromiso con la libertad: Ileana Ros-Lehtinen, Mario Díaz-Balart, Carlos Curbelo, Ana Carbonel, Silvia Iriondo…El joven cantante maltratado por el despotismo de los Castro, Danilo El Sexto, también estuvo presente.

El nombre La Rosa Blanca deriva de versos de José Martí, que son un himno a la tolerancia y el perdón propios de políticos cristianos: 

“Cultivo una rosa blanca, en julio como en enero / para el amigo sincero, que me da su mano franca. / Y para el cruel que me arranca, el corazón con que vivo, / cardo ni ortiga cultivo, cultivo una rosa blanca”.

            El poeta del pueblo venezolano, Andrés Eloy Blanco, que veneraba al Apóstol Martí, escribió:

          “Por mí, la flor en las bardas / y la rosa de Martí, / por mí el combate en la altura / y en la palabra civil; / para mí no hay negro esclavo, / para mí no hay indio vil, / por mí no hay perro judío / ni hay español gachupìn … Por mí, ni un odio, hijo mío, / ni un solo rencor por mí / no derramar ni la sangre / que cabe en un colibrí…”.

 

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