SANTA MADRE DE CALCUTA

Francisco: «Mañana tendremos la alegría de ver a Madre Teresa santa. ¡Se lo merece!»

Emotivo encuentro con veinticinco mil voluntarios de ayuda a los necesitad

Monjas en una exhibición de la Madre Teresa en los Misioneros de la Caridad en Manila, Filipinas, el 2 de septiembre como parte de su canonización el próximo día 4
Monjas en una exhibición de la Madre Teresa en los Misioneros de la Caridad en Manila, Filipinas, el 2 de septiembre como parte de su canonización el próximo día 4 – EFE/EPA/MARK R. CRISTINO

Como una fiesta de canonización por adelantado, el Papa Francisco se ha reunido el sábado con veinticinco mil voluntarios, a los que ha dicho: «Mañana tendremos la alegría de ver a Madre Teresa santa. ¡Se lo merece!». Esas personas sonrientes, venidas de todo el mundo, encarnanla herencia de la «santa de los pobres».

El Papa estaba muy a gusto con ellos en la plaza de San Pedro y les hacía notar que su trabajo vale mucho más de lo que piensan pues «lacredibilidad de la Iglesia pasa también de manera convincente a través de vuestro servicio a los niños abandonados, los enfermos, los pobres sin comida ni trabajo, los ancianos, los sintecho, los prisioneros, los refugiados y los emigrantes, así como a todos aquellos que han sido golpeados por las catástrofes naturales…».

En su recorrido previo por la plaza había subido al «papamóvil» a seis jóvenes voluntarias africanas, orgullosísimas de sus uniformes. Le aplaudían y le escuchaban voluntarias y voluntarios de todas las razas, muchos de ellos con sus uniformes, desde las cocineras hasta las personas que hacen el payaso —terapia de la risa— para distraer a los enfermos, o los bomberos y gendarmes del Vaticano, que han bajado desde Amatrice, donde están desde el primer día ayudando a las víctimas del terremoto.

Con palabras fuertes, dirigidas a los católicos del mundo entero les ha dicho que «la Iglesia no puede permitirse actuar como lo hicieron el sacerdote y el levita con el hombre abandonado medio muerto en el camino. No sería digno de la Iglesia ni de un cristiano ‘pasar de largo’ y pretender tener la conciencia tranquila solo porque se ha rezado».

Eso no significa que no deban rezar, pues también les ha invitado a «hablar con el Señor de todo lo que hacéis. Llamadlo. Haced como la hermana Mary Prema -la superiora general de las Misioneras de la Caridad-, que golpea la puerta del sagrario. ¡Qué valiente!».

Pero, sobre todo, los voluntarios deben distinguirse por el hacer: «Vosotros tocáis con vuestra manos la carne de Cristo. ¡No lo olvidéis! Vosotros sois artesanos de la misericordia. Con vuestras manos, con vuestro modo de escuchar, con vuestras caricias».

Era un encuentro verdaderamente entrañable. Se notaba que todos le entendían a la perfección cuando Francisco insistía en que «el mundo tiene necesidad de signos concretos de solidaridad, sobre todo ante la tentación de la indiferencia». Necesita urgentemente «personas capaces de contrarrestar con su vida el individualismo, el pensar sólo en sí mismo y desinteresarse de los hermanos necesitados».

Una y otra vez, el Papa añadía comentarios al margen de su texto escrito, como la referencia dolorida y la invitación a rezar «por tantas, tantas personas que, ante tanta miseria, miran hacia otro lado, como diciendo ‘a mí que me importa…’».

Y no solo ante la pobreza extrema, la enfermedad, o las catástrofes naturales, escenarios en que se mueven los voluntarios, sino también ante los abusos pues «la explotación de las personas es un pecado mortal. Es un pecado moderno, y un pecado grave».

Francisco les aseguraba que deben estar «siempre contentos y llenos de alegría por vuestro servicio, pero no dejéis que nunca sea motivo de presunción que lleva a sentirse mejores que los demás».

Es probable que no les suceda. El contacto con el dolor lleva a sentirse privilegiados, pero no orgullosos, un pecado que acecha, en cambio, a quienes se comportan como el sacerdote y el levita de la parábola del Buen Samaritano.