ATENTADOS EN BRUSELAS

 

•Un país de luto
A la caza del tercer terrorista de los atentados de Bruselas

Un herido yace en el suelo del aeropuerto de Zaventem tras las explosiones. |REUTERS
•Bélgica tiene a los yihadistas en casa: hay más de 300 de sus ciudadanos que han ido a Siria e Irak

•Al menos 34 muertos en una cadena de atentados en Bruselas
PABLO R. SUANZES
Corresponsal
Bruselas
@Suanzes

El peor ataque terrorista de la historia de Bélgica dejó ayer un río de sangre, dolor y miedo en la capital de Europa. Tres bombas, tres “ataques violentos y cobardes”, según el primer ministro belga, Charles Michel, destrozaron a un país en tensión permanente desde hace casi cinco meses, en estado de negación y ahora aterrorizado y desmoralizado.

Apenas 80 horas después de que la Policía federal capturara el viernes a Salah Abdeslam, uno de los autores materiales de la matanza de París del pasado noviembre y el hombre más buscado de Europa, una célula no identificada pero vinculada a él atacó ayer de forma salvaje.

El Estado Islámico reivindicó el atentado con esta inquietante declaración: “Lo que os espera será más duro y amargo”. Los investigadores trabajan sobre una amplia gama de posibilidades, pero durante la tarde la Policía encontró, en un piso del barrio de Scaherbeek, objeto frecuente de redadas antiyihadistas, una bandera del Estado Islámico y restos de un artefacto explosivo. Las pistas que llevaron a la vivienda tienen dos orígenes. Por un lado, vienen de la investigación iniciada la semana pasada que se saldó con Abdeslam y uno de sus cómplices entre rejas.

Por otro, y según adelantó anoche La Derniere Heure, gracias al testimonio de un taxista. Según la versión publicada, citando fuentes de la investigación, al menos dos de los terroristas de Zaventem llegaron al aeropuerto en un taxi normal y corriente, algo completamente inesperado. El diario explica que el conductor, tras reconocer a los presuntos autores al ver su imagen en televisión, avisó a la Policía y facilitó la dirección en la que los abría recogido por la mañana. Avisando, igualmente, de que había tenido un encontronazo porque tenían más maletas de las que cabían en el coche, lo que les habría obligado a dejar algún bulto.

La elección de los objetivos no fue aleatoria, pero las fuerzas de seguridad no esperaban un intento en un aeropuerto. Algunos ideólogos yihadistas habían recomendado hace meses a sus células durmientes fijar objetivos menos vigilados, menos “señalados”, como ocurrió en París. Y el aeropuerto de la capital comunitaria no se ajusta a ese modus operandi.

A primera hora de la mañana decenas de vuelos salen de la capital comunitaria. En el aeródromo dos kamikazes hicieron explotar sus maletas, mientras que el tercero, no murió y está en busca y captura. De él sólo se sabe que llevaba un sombrero negro y que acompañaba a los otros dos sospechosos que portaban guantes negros únicamente en una de sus manos, quizás para ocultar los detonadores de sus chalecos explosivos.

Sin embargo, el nivel de destrucción provocado por las explosiones hace pensar que los terroristas usaron más carga explosiva de la que permite un cinturón de explosivos como los usados en París o en otros ataques suicidas de Estado Islámico. Y apuntaría más bien a una bomba, quizás escondida en las maletas, pero cuya activación no se haría a través de detonadores manuales de ese tipo.

Hay menos indicios sobre el segundo atentado. Por la mañana, miles de personas atraviesan la Rue de la Loi, una de las principales arterias de Bruselas por la superficie y debajo de ella. Maalbeck, una de las estaciones más modernas y eclécticas de la capital, a apenas unos cientos de metros de los edificios de la Comisión Europea y el Consejo Europeo, es una parte crítica del trazado subterráneo. La línea 1 y la línea 5 de metro pasan por ahí, con decenas de miles de estudiantes, trabajadores y funcionarios europeos. No se sabe cómo se produjo el ataque ni si se trató de un atentado suicida o no.

Golpe en el corazón de la UE

El primer ataque tuvo lugar en el aeropuerto de Zaventem, donde decenas de vuelos salen diariamente de la capital comunitaria. Hay escasos indicios sobre el segundo atentado. Por la mañana, miles de personas atraviesan la Rue de la Loi, una de las principales arterias de Bruselas por la superficie y debajo de ella. Maalbeck, una de las estaciones más modernas y eclécticas de la capital, a apenas unos cientos de metros de los edificios de la Comisión Europea y el Consejo Europeo, es una parte crítica del trazado subterráneo. La línea 1 y la línea 5 de metro pasan por ahí, con decenas de miles de estudiantes, trabajadores y funcionarios europeos.

Schuman, a apenas unos minutos a pie, está mucho más vigilada. Es el núcleo del barrio europeo. Soldados y tanquetas están desplegados permanentemente para vigilar las instalaciones comunitarias, a las que cada semana acuden decenas de ministros, secretarios de Estado y Jefes de Gobierno. Precisamente el viernes, cuando fue capturado Abdeslam, 28 jefes de Estado y de gobierno estaban a pocos kilómetros de la operación policial.

Un país dividido

El golpe para la ciudad es devastador. Bélgica es un país dividido. Entre flamencos y valones, entre francófonos y neerlandófonos. Bruselas es una anomalía demográfica y política en el complejo esquema nacional. Allí se concentra la población extranjera, la rica del centro financiero y las instituciones internacionales, y la pobre de los muchos barrios casi convertidos en guetos. Bélgica es blanca, Bruselas no. En noviembre hubo redadas, pero no víctimas y aun así durante semanas el miedo y la desconfianza se podían ver, oler y casi tocar en los vagones del transporte público.

Bruselas estaba en la fase tres de alerta y ayer se elevó a su máximo nivel: el cuatro. Desde noviembre se encontraba en alerta tres, cuando la fuga de Abdeslam puso en jaque a los cuerpos de seguridad y provocó un cierre sin precedentes en los servicios públicos. Eso, sin embargo, no implicaba muchas medidas adicionales de seguridad en el aeropuerto o el metro. La entrada a la terminal del aeropuerto funcionaba como en cualquier otro momento o en otra capital europea.

Los atentados han rematado a una ciudad herida. El turismo había caído notablemente desde el otoño. Ayer las principales arterias de la capital estaban desiertas. Se cerraron de nuevo tiendas y zonas comerciales. Y colegios y universidades se plantean qué hacer hasta aclarar el paradero de los sospechosos en fuga. Al atardecer, unos cientos de personas se congregaron en el centro con consignas de paz y resistencia. Llevaron velas y esperanza. El primer ministro y el presidente de la Comisión, Jean-Claude Juncker, se dieron un abrazo, pero el daño es evidente. Las fotos de gatos y patatas fritas por internet reconfortan, pero eso quizás no baste para recuperar el coraje de la vida diaria tras el trauma.

Bélgica ha vivido en una disonancia durante años. Tiene a los terroristas en casa. Hay más de 300 de sus ciudadanos que han ido a Siria e Irak, y, según cálculos de los servicios de la Comuna, a principios de año más de 85, de vuelta, estaban en Molenbeek.

El santuario de los terroristas

Los autores de los principales atentados de Europa en la última década y media (Madrid, Londres, París) han salido de Molenbeek, han vivido allí o recibieron las directrices, fondos y armas desde Bruselas. Pero hasta ahora el país había logrado quedar relativamente al margen. En mayo de 2014 un vecino de Molenbeek atentó contra el Museo Judío de Bruselas, pero los belgas, en estado de negación, prácticamente hicieron como si no tuviera que ver con ellos.

Hasta el año pasado los belgas habían olvidado el terrorismo. En la memoria de los más viejos recuerdos de los ataques, amateurs según los estándares contemporáneos de las Cellules Communistes Combattantes, a principios de los 80; del Frente Nacional de Liberación Valón; o del Frente Revolucionario de Acción Proletaria, todos ellos grupúsculos olvidados e insignificantes.

El viernes, al ser preguntado, el primer ministro avisó que el peligro no había sido conjurado, ni mucho menos. Pero ni él ni su círculo más cercano imaginaban que su mayor temor pudiera hacerse realidad tan pronto y de forma tan violenta. “No nos hagamos ilusiones. En Europa nos enfrentamos a un nuevo tipo de amenaza. La batalla por las libertades, por los valores democráticos y contra el terrorismo no ha terminado”, advirtió. Y nunca había llevado más razón.